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La inflación resiste el relato de Milei: alimentos y tarifas duplican el índice oficial

Las consultoras proyectan que octubre cerrará cerca del 2%, pero el costo de los alimentos y los servicios sigue creciendo a un ritmo muy superior.


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Jueves 29 de octubre de 2026

El plan de desinflación de Javier Milei enfrenta nuevas dificultades. Mientras las principales consultoras privadas estiman que octubre cerrará con una inflación de entre el 1,8% y el 2%, los aumentos de alimentos y servicios públicos muestran una dinámica mucho más elevada, que vuelve a poner en discusión la efectividad del programa económico y su impacto sobre los ingresos familiares.
 

Las estimaciones de Eco Go, dirigida por Marina Dal Poggetto, y Analytica, de Ricardo Delgado, ubican la inflación mensual en torno al 1,8% y el 2%, respectivamente. Sin embargo, esa moderación tiene una explicación parcial: algunos rubros, como indumentaria y calzado, registraron bajas porque los consumidores postergan compras que no consideran indispensables. En la mesa familiar ocurre lo contrario. Según relevamientos de LCG, los alimentos y las bebidas acumularon seis semanas consecutivas de aumentos, con una suba del 4,4% en cuatro semanas. Las verduras encabezaron los incrementos con 7,9%, seguidas por panificados, cereales y pastas (5,9%), bebidas e infusiones (5,6%), lácteos y huevos (3,9%) y carnes (3,6%).
 

El problema también está en las tarifas. El economista Pablo Goldín advirtió que el programa consiguió reducir la inflación inicial, pero encontró un piso cercano al 2% mensual por la actualización de los precios regulados. Roberto Cachanosky, por su parte, cuestionó que el Gobierno todavía no haya conseguido llevar la inflación mensual a niveles inferiores, pese a las promesas presidenciales de que para mediados de 2026 comenzaría con cero. Son interpretaciones económicas que reflejan las dificultades para profundizar la desaceleración.
 

A esta situación se suma el encarecimiento de los alimentos medidos en dólares. Según los cálculos del economista Gonzalo Carrera, mientras el tipo de cambio aumentó apenas 8% durante el último año, los alimentos comerciables subieron 36%, los bienes importables 25% y la inflación general alcanzó el 33%. La apreciación cambiaria, que debía contribuir a abaratar determinados productos, no se tradujo en un alivio equivalente para los consumidores. Los precios internacionales de carnes y granos, junto con los costos energéticos y logísticos, aparecen entre los factores que explican esa dinámica.
 

El transporte vuelve a sumar presión sobre los presupuestos familiares. Un relevamiento de la Universidad Nacional de La Plata registró que las tarifas del AMBA acumularon un encarecimiento real del 15,2% entre comienzos de 2026 y septiembre. Para noviembre se anunciaron nuevos aumentos del 3,9% en colectivos y subtes porteños, mientras también se prevén incrementos en peajes. A esto se agregan las subas de las cuotas escolares, las prepagas y los servicios de telefonía, que continúan actualizando sus valores.
 

Los alquileres tampoco quedan al margen: los contratos ajustados por inflación tendrán incrementos de hasta 12,9% en las actualizaciones semestrales, mientras AySA prevé nuevos ajustes y todavía se esperan definiciones sobre las tarifas de electricidad y gas. En este escenario, el índice general pierde capacidad para reflejar por sí solo la presión que enfrentan los hogares, cuyos gastos esenciales tienen una dinámica propia.
 

La distancia entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana vuelve a convertirse en un problema político y económico para la administración de Milei. El Gobierno puede exhibir una inflación mensual cercana al 2%, pero esa cifra convive con aumentos acumulados que erosionan salarios y jubilaciones y reducen el margen de consumo. La Universidad Torcuato Di Tella ubicó en 35,9% la inflación esperada por la población para los próximos doce meses, una señal de que las expectativas todavía están lejos de consolidar una percepción de estabilidad.
 

La discusión, por lo tanto, ya no pasa solamente por cuánto baja el índice del INDEC, sino por cuánto cuesta vivir. Cuando los alimentos, el transporte, los alquileres y las tarifas absorben una porción cada vez mayor de los ingresos, la desaceleración estadística no necesariamente se traduce en una mejora de las condiciones de vida. El desafío del programa económico es demostrar que la estabilidad puede llegar también al bolsillo y no quedarse únicamente en los indicadores.

 

Con información de LPO / Imagen; Juan Casas / Redacción: La Rosca


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